No soy de ponerme nostálgico, pero esta semana fue especial. Después de cinco años, volví a ponerme la gorra de la selección argentina y a competir en un torneo grande, los Pan Pacifics en Irvine. La última vez había sido en Abu Dhabi 2021, en el Mundial de pileta corta. Mucho tiempo pasó y, aunque me hubiese gustado estar a la altura de lo que sé que puedo dar, siento que este regreso era necesario para volver a encontrarme con el equipo, con la camiseta y con todo lo que significa representar a Argentina.
La semana empezó con un cuerpo muy duro, sintiendo en los trapecios, tríceps y dorsales el arrastre del trabajo de gimnasio y la falta de puesta a punto. Los primeros entrenamientos fueron de movilidad y técnica, con la cabeza puesta en destrabar todo lo que se pueda antes del debut. El miércoles llegó el 50 mariposa, donde hice 23.97 y confirmé que, aunque la partida y los primeros 15 metros están mejorando, el nado todavía está lejos de sentirse suelto. El viernes fue el 100 mariposa, una prueba que me dejó con mucha bronca y frustración. Repetí el 53.08 de nacionales en la mañana, pero a la tarde caí a 53.7, con un segundo 50 muy flojo. Me costó salir del pozo mental, pero el trabajo de mi entrenador y la contención del equipo me ayudaron a no quedarme ahí. El cierre, el sábado, fue en el 50 libre: 22.84 en la mañana y 22.72 en la final B, mi mejor marca del torneo.
Esta semana me enseñó de nuevo que la cabeza pesa tanto como el cuerpo. Pude cambiar de chip entre viernes y sábado, pasar de la frustración al disfrute y terminar la semana con la sensación de que, aunque no nadé rápido, tampoco me di por vencido. Ahora toca volver a entrenar, pensar en el Odesur y confiar en que la puesta a punto va a llegar. Las cosas pequeñas. Todos los días.